11 abril 2016

Nueva novela de Juan Marsé

Leemos en EL País:

No es frecuente que una novela empiece con las desenvueltas respuestas de su autor a una hipotética entrevista de la que se han suprimido las preguntas. Ahí se nos presenta Juan Marsé, en primera persona, autor y protagonista de esta novela, aunque no sea exactamente autobiográfica. También sabemos que corre el año de 1982, cuando el escritor ha aceptado el encargo de escribir el esbozo de un guion de cine sobre un asesinato que se cometió en un cine de su barrio, el Delicias, en el lejano 1949 (una prostituta, Carolina Bruil, murió a manos del proyeccionista Fermín Sicart, al que frecuentaba, estrangulada con un trozo de celuloide de Gilda, la película que se proyectaba aquel día).
A Marsé le sigue gustando escribir novelas porque es su forma de respirar la vida y de defenderse de lo que la estorba
Estamos en 1982 pero también en 2015, por supuesto. Entonces y ahora Marsé estaba (y sigue) enfadado con la Iglesia católica, los políticos españoles en general y el pleito independentista catalán en particular y con quienes le preguntaban sobre sus opiniones al propósito. En 1982 ya eran así las cosas, pero sólo en 2015 pudo ocurrírsele que —¡en 1949!— actuaran en un programa de variedades del cine Selecto, junto a la protagonista de su novela, Patricia Garbancio, “intérprete de tango-sardana”, y Pilar Rajola, “contorsionista verbal”… En 1982, sin embargo, sentía que todavía había palabras que la censura tachó y que “parece que hay que sacarlas permanentemente una tras otra de un pozo negro”. Eso le ha impedido continuar una novela que no acaba de salirle (¿quizá Un día volveré, que le salió tan espléndida en 1983?) y por eso ha aceptado escribir las notas del guion que dirigirá un tal Héctor Roldán (muy parecido a Juan Antonio Bardem), quien quería “un docudrama con mucho morbo”, pero que acabará siendo una comedia erótica titulada Los ciegos amores de Manolita, que realizará otro veterano director, José Luis de Prada, “momia del viejo cine de pelucones y pupurrutas imperiales de Cifesa”, que puede ser cualquiera aunque se llame como Sáenz de Heredia.
Pero en 2015 Marsé también sigue enfadado con el cine español, con el que cree haber tenido mala suerte. Pero el cine le encanta y son testimonio los fragmentos del guion escrito que reproduce nuestra novela. Allí se plasma ese modo de revelación sensorial —imágenes, hechos, palabras, sutiles movimientos de perspectiva— que Marsé siempre ha asociado a los dos lenguajes: quizá es el modo ideal de intuir la imagen hojaldrada, contradictoria, inacabable que nos da lo que llamamos realidad. Por eso juega a las adivinanzas cinematográficas que le propone la criada Felicia, que cree firmemente que en el cine —en una frase, un actor o un título— está el secreto de vivir. Y en la entrevista inicial, lo ha reconocido: “En mis ficciones la vivencia real se somete a la imaginación que es más racional y creíble. En la parte inventada está mi autobiografía más veraz”.
A Marsé le sigue gustando escribir novelas porque es su forma de respirar la vida y de defenderse de lo que la estorba: en ese sentido son sus autobiografías. Como le sucedió a Pío Baroja, estos últimos relatos son más rapsódicos, más angustiados y a la vez más libres y personales y hasta enfurruñados, porque tiene que saber “qué papel me asigno yo, dónde me sitúo en ese meticuloso recuento de anodinos despropósitos”. Para saberlo ha regresado de nuevo al tiempo de aquella “España triste, remendada y presumidita de la posguerra” y, como siempre también, con el arma que vence a la erosión del tiempo, la memoria (que es, claro, “esa puta distinguida” del provocativo título). De esto habla en largas veladas con su personaje Fermín Sicart, el asesino de la prostituta Carol, que presenta una curiosa paradoja del papel de la memoria. Convicto de su crimen, Fermín fue tratado por un psiquiatra militar, el coronel Tejero-Cámara (transparente contrafigura de Antonio Vallejo-Nájera, una especie de doctor Mengele del franquismo), que logró extirparle todo recuerdo de los motivos del asesinato. El guionista y Sicart dialogan, por tanto, sobre un pasado vivaz pero carente de motivos, lleno de presencias, invenciones, inexactitudes y sospechas pero ausente de culpa. Conoceremos muchas cosas pero no sabremos si Carol era confidente de la policía, si quiso a su marido, o si Fermín Sicart mató a la muchacha porque sospechaba ser hijo de una prostituta. La escena final es cine en estado puro: el autor contempla desde su terraza a Sicart encendiendo un cigarrillo, calada la gabardina, al pie de una “farola cegata” y “fiel a un pasado menesteroso, recosido y funesto del que no sabía o no quería desprenderse”. El autor lo ha dicho en la entrevista inicial: intentó hacer “una película sobre la persistencia del deseo y las estrategias del olvido”. A favor de aquella y contra las añagazas de estas se escriben todas las novelas de Juan Marsé.

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